Dramaturgas Chilenas

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Este artículo es una invitación. Una invitación a revisitar el Golpe de Estado, la dictadura y sus secuelas desde el punto de vista de las escritoras de teatro contemporáneas. También es una invitación a equiparar las cosas, pues la producción de las dramaturgas es menos visible que la de sus pares hombres. Revisamos la producción actual y encontramos al menos veinte obras sobre la memoria histórica desde diferentes puntos de vista y formas teatrales. Aquí reseñamos algunas de ellas.

Por Daniella Girardi, Gabriela González e Isabel Sapiaín

En 2020, iniciamos el proyecto Dramaturgas Chilenas que busca contribuir a la visibilidad del trabajo de las escritoras de teatro de nuestro país. Primero, apareció un podcast, luego un sitio web, un libro y también un catastro que nos permitió conocer e identificar a 121 dramaturgas en pleno ejercicio a lo largo de todo Chile.

Tres años después, advertimos que una de las inquietudes de estas autoras es la memoria de la dictadura cívico-militar. Las dramaturgas actuales acogen la experiencia de este período y también su legado que cimentó la actual sociedad chilena. Desde nuestra perspectiva, el abordaje de la memoria ha tenido distintos puntos de vista y búsquedas materiales, los que hemos agrupado, tentativamente, en cinco categorías.

Memoria dictatorial en la escritura

Además de la dramaturgia, otra cosa que une a Nona Fernández, Ximena Carrera, Gisselle Sparza y Claudia Hernández es que nacieron en los años previos al Golpe de Estado o durante los primeros años de la dictadura. Es decir, crecieron en medio de las restricciones y abusos de la tiranía de Pinochet. Por eso, su escritura dramática viaja de manera directa a la memoria dictatorial.

En El taller (2012), Nona Fernández (1971) crea su obra a partir del taller literario que la escritora y agente de la DINA Mariana Callejas realizaba en su casa, donde a la vez se torturaba y asesinaba, para enfatizar así el compromiso que los artistas deben tener con su época. Por su parte, Ximena Carrera (1971) aborda la delación en Medusa (2009), inmiscuyéndose en la intimidad de tres mujeres que pasaron de ser presas políticas a colaboradoras de la dictadura. Gisselle Sparza (1976), oriunda de Concepción, toma un emblemático hecho de su ciudad para su Prometeo Nacional (2014): la decisión de Sebastián Acevedo de quemarse públicamente tras la detención de sus hijos por la CNI. En Kutún o el invierno diaguita (2013), Claudia Hernández (1966) construye una obra sobre distintos hechos históricos ocurridos en un pueblo de la Región de Coquimbo. Algunos de estos se relacionan con la memoria de la dictadura, fundamentalmente la detención y ejecución de una pareja y diversos allanamientos realizados por militares.

Lo íntimo y lo político en la familia

También hay obras que abordan espacios familiares fracturados, en los que el pasado dictatorial se vuelve una presencia a veces ominosa, o bien es responsable de la ruptura familiar. Son creaciones que exploran zonas oscuras y circunstancias difíciles de nombrar, que duelen, se confunden y se fugan de la memoria. Así, El descanso de las velas (2019) de Flavia Radrigán (1964), se sitúa en los años 90 y presenta a dos parejas que viven en una misma casa, presas de un estanco emocional en simbiosis con un estanco generalizado en el contexto de la posdictadura. Sus miembros no pueden avanzar y, en medio de sus relaciones viciadas, asoma el trauma del abuso sexual infantil, la traición y la militancia política.

Gladys (2011) de Elisa Zulueta (1981) presenta a una familia que, por años, ha ocultado a sus miembros más jóvenes la existencia de una hermana con síndrome de Asperger y, también, otros secretos que tienen que ver con la complicidad respecto de crímenes de derechos humanos. La desaparición de niños y niñas en dictadura es uno de los temas de La Chica (2013) de Karen Bauer (1977), obra en la que una familia pobre debe sobrellevar el autismo de una hija, a la vez que la desaparición de otro de sus hijos. En Por encargo del olvido (2000), de Ximena Carrera, la relación fracturada es la de una madre y su hija, a quienes la búsqueda del padre desaparecido las separa irremediablemente.

Hijos de ... (2015) - Fotografía: Elio Frugone Piña, Fototeatro.

La visión de los hijos

Hay autoras que fueron niñas en la dictadura y otras que han asumido ese punto de vista en sus obras. En el primer caso, Claudia Hidalgo (1981) es una figura clave. Su atención está puesta en los círculos íntimos de los violadores de derechos humanos y en cómo esto afecta a los integrantes de esos núcleos. En Hijos de… (2015) explora cómo repercute ser hijo de un torturador en Chile, mientras que en Ese algo que nunca compartí contigo (2013) se refiere a lo mismo, pero a partir de las funas que las víctimas del terrorismo de Estado realizaban como una forma de justicia ante la indiferencia judicial y el olvido.

En Kinder (2002), Ana Harcha (1976) y Francisca Bernardi (1975) ofrecen un espacio a las infancias en dictadura. Una serie de testimonios fragmentados se transforman en un coro de una época en que la niñez se cruzó con la tragedia. Por su parte, Lucía de la Maza (1974) escribe Herencia (2016) para hablar de la memoria a partir de aquello que heredamos como país y que a veces desconocemos, pero que igualmente nos atraviesa.

Liceo de niñas (2015), de Nona Fernández, da protagonismo a quienes fueron adolescentes en dictadura, a sus luchas y a sus muertos. Con dolor, dulzura y humor, pone su foco en tres mujeres que se quedaron escondidas en el sótano de su colegio desde la movilización de 1985, y que salen en 2011 cuando de nuevo los estudiantes están en la calle exigiendo mejoras en la educación.

Medusa (2009) - Fotografía: Elio Frugone Piña, Fototeatro.

El país heredado

Otra de las aristas que han abordado las dramaturgas tiene que ver con el impacto y las secuelas del modelo neoliberal instaurado en dictadura. En Temporada baja (2011), Begoña Ugalde (1984) se centra en una pareja de chilenos que se endeuda para ir de vacaciones a Brasil. La autora presenta esta historia en clave de comedia para criticar la crueldad de un sistema que nos empuja a endeudarnos y a obsesionarnos con el consumo para obtener una sensación falsa de bienestar.

En Chan! (2013), Camila Le-Bert (1982) se inspira en la ilusión que se afianzó en la posdictadura de que el acceso a la educación superior era garantía de una mayor estabilidad económica. Esta crisis es representada por José, quien ve cómo sus conocimientos adquiridos en el extranjero no tienen ningún valor en el Chile contemporáneo. Asimismo, la contradicción entre los ideales de la Unidad Popular y el modelo que instaló la dictadura, son abordados en Tiempos mejores (2013), de Florencia Martínez (1981) a través de la historia de Tota. Ella es una militante socialista que se encuentra en coma, mientras sus hijos, empobrecidos y fracasados, viven en un país que es totalmente opuesto al que su madre soñó.

Prometeo Nacional (2014) - Fotografía: Paulina Barrenechea y Cristián Toloza

Reírnos del monstruo

La parodia enfocada en una de las figuras más visibles y controvertidas de la dictadura es otra de las formas en que las autoras han abordado la memoria. En la obra En el jardín de rosas: sangriento vía crucis del fin de los tiempos (2015), Carla Zúñiga (1987) fantasea con la muerte de la esposa de Pinochet, Lucía Hiriart, quien falleció a los 98 años tras varias mediáticas internaciones hospitalarias. Con su mirada aguda y burlona, construye un universo en el que Lucía llega a un hogar de ancianos y nadie se acuerda de quién es. Ella aprovecha esa ventaja y se apodera del lugar. En tanto, Ximena Carrera también escribe con ánimo burlón sobre Hiriart en Lucía (2015). En el texto, la mujer más poderosa de la dictadura llega al antiguo centro de operaciones del régimen, ahora convertido en un centro cultural. Nadie la reverencia, lo que la enfurece y la muestra patética, llena de ambición y profundamente sola.

Este texto tuvo su primera impresión en el especial de los 50 años del golpe de Estado de Chile de la revista Theater der Zeit en septiembre 2023.

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